Estaba en pleno apogeo de la pasión con mi novia, Ana, en nuestro apartamento. La tenía doblada sobre el sofá, su culo elevado en el aire mientras yo penetraba su coño con una ferocidad que solo el deseo incontrolable puede inspirar. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mi polla deslizándose en y fuera de ella con un ritmo que nos llevaba al borde del éxtasis.
A nuestro lado, una escena inesperada se desarrollaba. Dos amigas de Ana, Laura y Marta, se habían unido en un acto lésbico que yo no había anticipado. Sus cuerpos se entrelazaban con una sensualidad que despertó aún más mi lujuria. No sabía que también disfrutaban de la compañía de hombres, pero la vista de sus coños brillando con humedad y deseo me hizo imposible resistirme.
Sin interrumpir el ritmo con Ana, me acerqué a ellas. La sorpresa en sus ojos se transformó en excitación cuando mi polla encontró el coño de Laura primero. La penetré con la misma intensidad que había mostrado con Ana, mis embestidas llevando a Laura a gemir y a arquearse contra mí. Marta, sin perder tiempo, se posicionó para besar a Laura y también para recibir mi atención.
El grup sex se convirtió en una danza erótica, donde cada uno de nosotros exploraba y era explorado. Ana, recuperándose del impacto inicial, se unió a la mezcla, su boca encontrando los pechos de Marta mientras yo seguía alternando entre las dos amigas. El cuarto se llenó de los sonidos de nuestra sikiş, un coro de gemidos, susurros de placer y el inconfundible sonido de la carne contra carne.
Mi polla se sintió como un instrumento de placer, moviéndose de un coño a otro, cada entrada más húmeda y acogedora que la anterior. En un momento de pura lujuria, tanto Ana como Marta se inclinaron frente a mí, sus culos y coños en perfecta alineación, invitándome a penetrarlas alternativamente. Mis manos acariciaban sus nalgas, mis dedos explorando sus culos mientras mi polla satisfacía sus deseos.
El clímax llegó con una intensidad que nos dejó a todos sin aliento. Mi semen se derramó sobre los cuerpos de las tres, una marca de nuestra unión erótica, de un deseo compartido que había roto todas las barreras de la amistad y el amor, llevándonos a un lugar donde solo importaba el placer.
Ese día, en nuestro apartamento, no solo había saciado mi hambre por Ana, sino que también había explorado y disfrutado de un grup sex que nos unió de una manera que nunca había imaginado, dejando atrás cualquier inhibición y sumergiéndonos en un mar de placer colectivo.
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