Acababa de salir de la ducha, mi piel aún húmeda y fragante, y solo llevaba puesto un delantal rojo de cocina, nada más. Estaba completamente desnuda debajo, preparándome para cocinar una cena especial para mi hijastra, Ana, y su amiga, quienes vendrían en cualquier momento. No me di cuenta de que la puerta se abrió mientras yo me afanaba en la cocina, absorta en mis tareas.
De repente, sentí unas manos conocidas acariciando mis nalgas. Era Laura, la amiga de Ana, con quien había tenido encuentros furtivos antes. Pero esta vez, su toque era diferente, más urgente, más cargado de deseo. No esperó ni un segundo; separó mis nalgas y su lengua encontró mi göt con una precisión que solo podía venir de un deseo profundo y conocido.
«Laura,» susurré, una mezcla de sorpresa y placer en mi voz. Su lengua era como una caricia húmeda y cálida que enviaba ondas de placer a través de mi cuerpo.
«Shhh,» respondió ella, su voz apenas un susurro contra mi piel, mientras continuaba su exploración, su boca devorando mi göt con una avidez que me hacía temblar. El placer era tan intenso que mis rodillas se debilitaron, obligándome a apoyarme contra la encimera de la cocina.
Sabía que teníamos poco tiempo antes de que Ana llegara, pero el deseo que nos consumía a ambas era demasiado fuerte como para detenernos. Laura, siempre tan diestra, sabía exactamente cómo llevarme al borde del éxtasis. Su lengua jugaba con mis sensaciones, alternando entre movimientos suaves y rápidos que me hacían gemir en silencio, consciente de que en cualquier momento podríamos ser descubiertas.
La sensación de ser adorada así, de sentir cómo su lengua se sumergía en mi göt, era una mezcla de pecado y placer que no quería que terminara. Pero el tiempo apremiaba, y el deseo de alcanzar un clímax rápido y furtivo nos llevó a un frenesí de pasión. Mis manos buscaron su cabeza, guiándola, urgiendo por más, hasta que el placer se convirtió en una ola que me inundó, llevándome al borde del abismo.
Laura también estaba cerca, su propia respiración entrecortada por el deseo. Con una última embestida de su lengua, llegamos juntas a un orgasmo que nos dejó sin aliento, nuestros cuerpos temblando en el silencio de la cocina.

Justo cuando nos recomponíamos, escuchamos la puerta de entrada abrirse. Ana había llegado. Nos separamos rápidamente, Laura arreglándose la ropa mientras yo ajustaba mi delantal, sintiendo aún el eco del placer que habíamos compartido.
Esa noche, mientras servía la cena, nuestras miradas se cruzaban con una complicidad que solo nosotros entendíamos, un secreto erótico que haría que cada bocado tuviera un sabor añadido de nuestra aventura prohibida.
0 Comments