¡Llamé a mi amante negro frente a mi esposo pasivo!


Mi vida con mi esposo, Roberto, había llegado a un punto donde el deseo se había convertido en una brasa apagada. Él, con su orientación sexual que prefiere la pasividad y el amor por los hombres, había dejado de satisfacerme sexualmente desde hacía tiempo. Yo, en cambio, ardía con una necesidad que solo podía ser extinguida por un miembro grande y vigoroso.
Una tarde, cuando Roberto intentó inútilmente penetrarme, su falta de erección fue la gota que derramó el vaso. «Suficiente es suficiente,» pensé, y decidí tomar el control de mi placer. Llamé a mi amante, un hombre negro de nombre Jamal, cuya estatura y virilidad prometían lo que yo ansiaba.
Cuando Jamal llegó, no perdí tiempo. Comencé a desnudarme lentamente frente a Roberto, mis movimientos llenos de una sensualidad que él ya no podía apreciar. Jamal, con su imponente presencia, observó con ojos que brillaban de anticipación.

 

Me acerqué a Jamal, mis manos ya ansiosas por sentir la dureza de su miembro. «Quiero eso dentro de mí,» susurré, y sin más preámbulos, comencé a chupar su polla, mis labios estirándose para acomodar su tamaño. Su sabor, su olor, me llevaron a un estado de lujuria que había olvidado.

 

«Tu esposa sabe lo que quiere,» dijo Jamal, mirando a Roberto mientras yo lo devoraba. Roberto, con una mezcla de vergüenza y excitación, no podía apartar la vista.

 

Jamal, con una habilidad que solo la experiencia puede otorgar, me llevó a la cama. Se arrodilló entre mis piernas, su lengua encontrando mi coño ya mojado por la anticipación. Su boca hizo maravillas, sus labios y lengua explorando cada rincón, despertando cada terminación nerviosa.
«Estoy lista,» gemí, y en respuesta, Jamal se levantó, posicionando su polla en la entrada de mi coño. «Vas a sentir cada centímetro,» prometió, y con un empujón firme, me llenó completamente, mi cuerpo respondiendo con un gemido de placer que llenó la habitación.
El sexo con Jamal fue una revelación. Me tomó en varias posiciones, cada una más profunda y más intensa que la anterior. Desde detrás, mi culo en el aire, hasta yo encima, controlando el ritmo, y luego de nuevo en misionero, con sus ojos clavados en los míos, cada embestida, cada movimiento, era una declaración de su dominio y mi liberación.

Mis gemidos se convirtieron en gritos de placer, mis orgasmos se sucedieron uno tras otro, cada uno más fuerte, más desesperado por saciar mi hambre. Roberto, observando cada momento, su expresión una mezcla de humillación y deseo, se convirtió en parte de nuestro teatro erótico.
Cuando Jamal finalmente se derramó dentro de mí, mi cuerpo convulsionó con un último orgasmo, mi coño apretando su polla como si quisiera más. Me quedé allí, saciada, mientras Jamal se retiraba, sus ojos prometiendo más encuentros, y Roberto, todavía en silencio, procesando lo que había visto.

 

Esa noche, descubrí que el deseo no conoce límites ni normas, y que a veces, para encender nuevamente la pasión, es necesario buscar fuera del confort de lo conocido, explorando las profundidades de nuestros más oscuros anhelos.

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