Lucía estaba pasando el rato con su novio, Marcos, en la cocina de la casa de su madrastra. Marcos no podía resistir la tentación de agarrar el redondo y jugoso culo de Lucía, y aunque ella le pedía que parara porque su madrastra, Valeria, estaba arriba en su cuarto, él insistía. Finalmente, Marcos la convenció de que le permitiera follarla y comenzó a taladrar su coño por detrás.
En medio del sexo, Valeria entró en la cocina y los sorprendió. En lugar de enojarse, Valeria miró a Marcos con una sonrisa pícara y le ordenó que se sentara. Con Lucía observando, Valeria comenzó a jugar con la polla de Marcos. Sus manos lo acariciaron, su boca lo envolvió, y sus dedos exploraron sus bolas, todo mientras él gemía de placer.
Luego, Valeria se volvió hacia Lucía, la atrajo hacia sí y comenzó a desvestirla, sus labios encontrándose en un beso que mezclaba sorpresa y lujuria. Valeria, con una autoridad que despertó algo en Lucía, le ordenó que lamiera su coño y su culo, justo frente a Marcos.
Valeria se inclinó, ofreciéndole su coño a Marcos, quien no dudó en penetrarla mientras ella se dedicaba a devorar el coño de Lucía. La cocina se llenó de los sonidos de su encuentro, gemidos, y el inconfundible sonido de la carne contra carne. Valeria y Lucía se turnaron para ser folladas, cada una disfrutando de la sensación de ser poseídas por Marcos.
La escena se intensificó cuando Valeria, con su experiencia, guió a Lucía para que participara más activamente. Lucía, ahora completamente entregada, se unió en el grup sex, su madrastra enseñándole nuevas formas de placer. Ambas mujeres se movieron en una danza erótica con Marcos, sus cuerpos entrelazándose, sus gemidos mezclándose en una sinfonía de lujuria.
Cuando Marcos se acercó al clímax, Valeria lo dirigió hacia Lucía, quien abrió su boca para recibir su polla, su lengua saliendo para capturar cada gota de su esencia mientras él se derramaba sobre ella. Valeria, con una sonrisa de satisfacción, besó a Lucía, compartiendo el sabor de Marcos, sellando así un nuevo pacto de deseo y liberación entre ellas.
Esa tarde, en la cocina, no solo se rompió una barrera entre madrastra y hijastra, sino que también se exploraron y se disfrutaron nuevas dimensiones de placer, donde los límites de la familia y el deseo se encontraron en una unión inesperada pero intensamente satisfactoria.
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